Los hombres colmena – Microficción
La fiesta anual de Adrián Emerick sucedía en su penthouse, edificado en uno de los lujosos rascacielos cimentados en las lunas de Saturno, sus invitados pertenecían a varias especies interplanetarias de Eurídice, Caimanis I, Sidera y algunos de los sistemas más alejados de la Vía Láctea, la vista de Dione era espectacular, su superficie brillante con los acantilados de hielo tejidos como una red de líneas bien definidas, se salía de lo común, Adrián había hecho su fortuna siendo uno de los pioneros exportadores de Silicio para la Tierra, su vida era todo lo que siempre deseó, festejaba una temporada más de éxitos fructíferos y su salud era envidiable siendo un joven de 27 años de edad, las copas chocaban sin cesar, las risas llenas de júbilo ambientaban la velada.
Débora se acercó para felicitarlo con su más radiante sonrisa, Adrián se animó al verla, su piel cambiaba según su humor gracias a la tela holográfica de su vestido, presentando una lluvia de estrellas que caían desde su blanco rostro hasta sus esbeltas y contorneadas piernas, él prefería usar su esmoquin clásico con el que controlaba los aparatos inteligentes que les servían de camareros en esta ocasión y los aditamentos de su casa para su placer.
-¿Me concederás un deseo, Débora?- le preguntó, ella miró su atuendo y respondió –¿qué darle a quien lo tiene todo?-, él tomó su tersa mano sin perder el contacto visual –sabes lo que quiero- dijo él, ella asintió –será peligroso, ¿estás seguro?- cuestionó en un susurro, -si, es mi deseo- aseveró él, ella nuevamente le regalo su mejor sonrisa, -antes concédeme este baile pues no sabré si volveremos a encontrarnos pronto- le pidió Adrián, danzaron a un ritmo lento, perdidos en sus pensamientos, Koos el Lapetiano con cara de mangosta y alas hexagonales que salían de un cuerpo cuadrúpedo de 2 metros de largo, torso semihumano con betas de puercoespín y patas de buitre, solicitó silencio para hacer un brindis, sus garras alzaron su copa, llena de una sustancia amarilla viscosa, exquisitez de su planeta.
-Por nuestro amigo terrícola Adrián Emerick, “Tyag Sa”-, en terrestre alude al legado de memoria colectiva, donde se comparte un sentido de herencia y puntos en común con muchos seres que nunca se reunieron, cada uno percibe una especie de parentesco, es un dicho típico Lapetiano para referirse al pensamiento universal que nos une en cualquier lugar de la galaxia, al unísono los presentes articularon -“Tyag Sa”-, Adrián bebió su licor de almendras amargas, no tardó mucho en perder el sentido, la última imagen grabada en su cerebro fue la de Débora agachándose a su lado, usando un vestido negro, buscándole el pulso.
Adrián Emerick yacía inerte en el laboratorio-hospital de Sienna ciudad artificial de Dione, Débora estaba allí, esperando a que liberaran el cuerpo de su esposo una vez más, Adrián había fallecido 150 años atrás y en su testamento especificaba que su cuerpo fuera cedido a la ciencia, y de ser el caso como donador de órganos, los especialistas de la época experimentaban con la nanobiótica y descubrieron que insertando en un cuerpo microscópicos organismos semimecánicos, cuyo propósito fuera almacenar información serían capaces de aprender a curar enfermedades fatales, reconstruir órganos e incluso tratar muertes por envenenamiento, estos mecanismos tenían habilidades de generarse por división celular, una especie de mitosis híbrida entre mecánica y orgánica, con uno solo dentro, se obtendría una colmena con miles de nanobióticos recabando y aprendiendo de los datos recibidos.
Adrián fue uno de los primeros en revivir después de unos meses en criogénia temporal, los nanobióticos arreglaron su organismo, siendo el reemplazo de las células de su cuerpo, deteniendo su envejecimiento, lo despertaron, las condiciones de su nueva “vida”, determinaban que él pertenecía a La Sociedad de Medicina Experimental.
Cada 8 años sufriría alguna lesión mortal seleccionada por los inspectores de caducidad corpórea que le regresaría a su estado funesto, con la finalidad de sustituir los nanobióticos y actualizarlos por los de reciente fabricación, regenerando la colmena que contaría con vacunas específicas grabadas en su memoria colectiva contra las enfermedades y muertes sufridas anteriormente, Débora, su esposa asignada sería el arma ejecutora, él desconocería por completo el tipo de muerte para evitar predisponer a los nanobióticos que habitaban en las redes neuronales funcionales de su cerebro, los inspectores querían evitar a toda costa la comunicación que pudiera surgir entre las máquinas y el factor conciente del hombre, todo debía ser preparado lo más natural posible.
Adrián sería catalogado de ahora en adelante como un hombre colmena, Débora era una mujer genéticamente creada para el fin que se le encomendó, a su vez contaba con juventud eterna, una de las ventajas de su manufactura, con la mutua compañía llegaron a entenderse sin muchas palabras, al igual que los nanobióticos consiguieron comunicarse con sus semejantes que habitaban otros cuerpos humanos, el brindis del Lapetiano fue la señal para Débora, quien vertió una cápsula de cianuro de Lapetia en la copa de Adrián; la memoria colectiva ilustra el camino a seguir para aquellos dispuestos a conquistarlo -“Tyag Sa”-.











